Los kodokusha
Kodokushi es un término sencillo, significa "muerte solitaria" y fue acuñado en los años 0chenta en Japón para hacer referencia a la cantidad de personas que mueren anualmente en absoluta soledad. Completamente solos, muchos de ellos por elección propia, otros abandonados por familiares y amigos, ausentes para el resto del mundo que percibe su presencia cuando ya es demasiado tarde.
Según datos de la policía japonesa en el año 2025 más de 68.000 personas, el 80% mayores de 65 años, murieron solas en sus casas. Una epidemia que, por desgracia, es cada día más habitual, no solo en Japón sino en todo el mundo.
Milena Michiko Flasâr ha conseguido con Los kodokusha poner voz a este problema de una manera muy efectiva y hermosa, con unos personajes tan entrañables como extraños que te roban el corazón con sus delirios y manías, sus debilidades y su sentido del humor. Sí, en esta novela en la que la muerte no pide permiso para convertirse en protagonista, el humor está muy presente. Quizá sea el mejor modo de hacer frente a lo que es inevitable y doloroso.
Y como si de una novela de autoayuda se tratara poco a poco la solitaria y casi misántropa señorita Suzu se va abriendo a los demás, hasta el punto de echar de menos la presencia de otro ser humano en el pequeño piso que comparte con su hámster Punsuke. El responsable de ese cambio podría decirse que es el señor Sakai, su nuevo jefe, pero sobre todo su nuevo trabajo: ocuparse de las cosas que las personas que mueren solas dejan atrás, o como ella misma llama limpieza forense. Con este trabajo y con este jefe le será más sencillo abrirse a los demás, contemplar la vida de otra manera y la muerte también. Asistirá a un hanami a pesar de buscar excusas para no hacerlo, y acabará aceptando ejercer de enfermera de su compañero Takada, tan solitario y esquivo como ella misma.
"¡No me digan que no se han dado el número! ¡Ya están tardando! - nos instó-. Así, si las coas se ponen feas, al menos tendrán a alguien. ¿Es que nunca necesitan a nadie?"
¿Relaciones asociadas a necesidad? ¡Vaya!, ella nunca habría caído en eso, pero el tiempo le demostrará que el ser humano es un ser social por naturaleza, y que aunque la soledad está muy bien disfrutarla cuando es una opción elegida libremente, lo cierto es que la presencia humana es más gratificante y necesaria de lo que ella está dispuesta a admitir. Y de repente se da cuenta de que está pensando en sus compañeros, de que acaba comprando unos dulces a los Fuji, sus ancianos vecinos, de que le enjabona la espalda a la abuela del onsen...
"¡La soledad de hacerse mayor! Tuve que pensar en Takada. ¿Qué estaría haciendo? Había dado a entender que tenía intención de pasar las vacaciones leyendo. Así que lo más seguro era que estuviera metido en la cabina del manga kissa leyendo sobre lo que no es y sobre la naturaleza. El señor Sakai había ido a ver a su hermana. Yamamoto y familia a Guam. Y Suga quería jugar al pachinko con su compañero de pachinko, ninguna sorpresa".
Parece mentira que un libro en el que la muerte, los cadáveres y la putrefacción están tan presentes (hay descripciones bastante desagradables) resulte una lectura agradable, llena de ternura y por momentos realmente divertida. Flasâr lo ha hecho muy bien. Como la vida misma, del mismo modo que la muerte es parte de la vida, así también lo es la risa y el llanto. No ocurre lo mismo con la soledad no deseada, una situación, por desgracia, cada vez más presente en nuestra sociedad.
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